El Viejito Pando

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan Martínez Osaba de Goenaba  - Columnista de La Estufa Caliente.Su principal virtud: no trabajar por lauros. Es difícil parir campeones donde no hubo, solo cumpliendo con el deber. José Joaquín Pando fue el principal artífice de la escuela pinareña de pitcheo, que por casi cuatro décadas se ha impuesto en los clásicos nacionales y en eventos internacionales. Conocido por Pepe y Viejito, en su juventud había sido uno de los mejores defensores de la segunda base. Bateador de líneas cortas, llegaba a las almohadillas con furia y los spikes bien altos. Inteligente y de buen guante, pivoteaba bonito. Lo imagino en la grama de cualquier estadio.

Nació en 1909, en Pinar del Río, y falleció en esa localidad en 1983. Llenó toda una época en equipos amateurs y semiprofesionales. En la segunda mitad de la década del cuarenta del siglo XX engrosó y fue capitán, entre otros, del afamado equipo La Marina, que en la temporada 1944-1945 se proclamó campeón, entre poderosos conjuntos como el Ambrosía, que tenía en sus filas a Orestes Minnie Miñoso. Pando descolló junto a figuras como Raymundo Gavilán y Pedro Catulo Torres.

El viejito Pando.Había comenzado en el ya desaparecido Estadio del Instituto de Pinar del Río, con los Tigres. Después jugó en la Liga Amateur de Cuba con Artemisa, Fortuna, Atlético de Cuba y Teléfonos, siempre como camarero. Participó en varios eventos semiprofesionales, defendiendo a su provincia natal. Asimismo se desempeñó contra equipos de la Liga Profesional Cubana, integrados por Fermín Guerra, Gilberto Torres, Joseíto Rodríguez, Silvio García, Napoleón Reyes, y otros.

“Todavía suenan en nuestros oídos, y seguirán sonando por muchos años, las ovaciones de los fanáticos ante su juego limpio, inteligente; sus toques perfectos y sus líneas sólidas por cualquier ángulo del terreno. (1) 

Scout natural, cuando los fines de semana se dedicaban a descansar y ocuparse de los problemas familiares, el Viejito, como cariñosamente le decíamos, se iba para los pueblos de campo a buscar talentos. Hasta Punta de la Sierra, en Guane, marchó una tarde y encontró al legendario Jesús Guerra, después bautizado Capablanca del box, por Juan Ealo.

“Un domingo cualquiera de 1967, jugando en el terreno de Cayuco, hoy Manuel Lazo, lancé unas entradas. Al finalizar me llamó un señor de unos cincuenta y cinco años, vestido de campesino y una gorrita verde, para proponerme ir a la capital de Pinar, a una escuela de lanzadores que él tenía. Acepté, y así conocí a quien fuera el Padre del Pitcheo Pinareño. Aquel hombre incansable, con una búsqueda constante por introducir algo nuevo, una exigencia intransigente y un ejemplo personal nunca visto, logró en un grupo de veinte muchachos, en espacio de seis años, el pitcheo más fuerte que ninguna otra provincia en el país ha podido crear. Baste decir que llegó a tener cinco lanzadores en el equipo Cuba, significando que él nunca fue, ni siquiera, invitado a una preselección nacional…” (2)

Y a continuación, una semblanza que lo dice todo. Él ponía el pellejo por delante para invitar a recorrer juntos el destino, contra vientos y mareas:

“Una tarde iba para el entrenamiento, y al llegar a la Calle Sol, donde él vivía, me encontré una triste noticia. Apreté el paso y me dirigí a la funeraria “Monteserín”. Allí estaba su madre tendida. Pregunté por él, me dijeron que había salido para el Capitán San Luis. Al llegar, se encontraba en el dugout vestido de pelotero, con todos sus medios de trabajo para comenzar las actividades, a las 6:00 PM. Lo abracé, compartiendo su dolor, y le pedí que se cambiara y fuera donde su mamá; entre lágrimas y sollozos me apretó por los hombros. Me dijo: --El desvelo de mi vieja era la pelota y mi deber está aquí, descansa que te toca esta noche y tienes que ganar. --Sus palabras fueron una orden. Después de ganar el partido frente a Henequeneros, el equipo completo lo acompañó a la funeraria, donde estuvimos todo el tiempo, hasta el entierro al día siguiente. Jamás olvidaré aquella actitud...” (3)

Descubrí en su recia personalidad, un corazón de oro. No fue dado a lisonjas, se caracterizó por exigir hasta un cansancio que no conoció, porque nadie lo vio desistir ante alguna enfermedad insoportable para otros. Su único émulo fue Marcos Prieto Páez, con una sangre que parecía no caberle en las venas. Donde ninguno tenía fuerzas, ellos supieron extraer buenas dosis. Tantos tropiezos tuvo la nave pinareña, que otros quedaron en el camino, pero Pando nunca declinó. Exigente, amigo, refunfuñón, rebelde ante lo mal hecho, tenía en su voz senil una enseñanza natural. No se había forjado en los libros, sino con la experiencia y el temple.

En el mismo comienzo de los setenta, fue de los primeros en reconocer la llegada de los muchachos del Fajardo, quienes traían inmensos deseos de hacer. Los libros les habían dado los conocimientos, pero necesitaban la experiencia. Pando aceptó lo lógico y peleó contra las insensateces. Su obra trasciende. ¿Casualidad? ¿Tocado por la varita mágica de alguna hada madrina? Su respuesta fue: -- Lo que hay que hacer es trabajar y entrenar duro.

Implantó métodos heterodoxos, que tuvieron detractores, pero los hombres como él no se detienen ante nada, ni nadie. Ahí está, como testigo silencioso, el lomerío detrás del Capitán San Luis, o las escaleras de esa instalación. Los jugadores nos reíamos, o condolíamos, con hombres de seis pies de estatura como Mario Negrete, sobre los hombros de Julio Romero, otro bien fornido, subiendo y bajando escaleras para fortalecer las piernas, después cambiaban. Algunos no entendían de tales métodos, pero hablan los resultados.

Bajo su pupila surgieron y se desarrollaron lanzadores de talla universal como Guerra, Julio, Rogelio García, El Ciclón de Ovas; Félix Pino, Maximiliano Gutiérrez, Juan Carlos Oliva, Mario Negrete, Adalberto Herrera, Reinaldo Costa, Ladislao Labastida y tantos otros que harían interminable la lista.

Los viajes de Occidente a Oriente y viceversa, parecían interminables, las espaldas dolían, los pies se hinchaban, pero nadie escuchó quejarse al Viejito que soportaba con estoicismo espartano las dificultades, con tal de inyectar optimismo en sus muchachos, esos que cada día lo queremos más, a pesar de no estar entre nosotros hace bastantes años. Cuando los entrenadores huían de Alfonso Urquiola para fonguearle rollings -fue capaz de coger hasta quinientos-, pero él jamás lo rehusó, aunque terminara con sangre en las manos.

Por sus consejos lo asocié al abuelo Pancho. Hicimos una admirable amistad, a pesar de la diferencia de edades. Fue tanta nuestra empatía, que un día me mintió. Estábamos en el Sandino, y Alfonso hacía jugadas increíbles. Yo lo admiré tanto, que no logré  valorarlo como rival. Cuando Pando me vio en el consuelo de la fría banca, pensativo y cabizbajo, en un arranque de dignidad, me dijo: -- Si yo fuera manager, la segunda serías tú. -- Detecté ojos de amor filial. Nunca, hasta hoy, lo había comentado.

Ray Gavilán

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan Martínez Osaba de Goenaba  - Columnista de La Estufa Caliente.--Oye, para ahí, que se perdió una cosa importante. -- Bajamos de la Canberra de los años cincuenta y nos pusimos a buscar. La direc­ción en pleno se confabuló y, en voz de Gavilán, nos jugaron aquella trastada a la entrada de la ciudad de Camagüey. -- Estos están jodiendo. -- Dijo Felipe y Chago León le dio la razón. Miré para el Gallego, quien serio como un turco en el Vedado, con las manos en la espalda revisaba al costado de la guagua. Pando sobrio, como siempre, era quien más delataba la situa­ción. Martínez 3 Veces, también buscaba. El Prieto iba y venía con los ojos clavados en el suelo. Gavilán, con la gorra en la mano, dándole golpecitos, no miraba para nadie, hasta que apareció el “guanajo”, que siempre lo hay, y pre­guntó: -- ¿Caballero, pero qué se perdió? -- A coro recibió la respuesta de los dirigentes: -- ¡El bastón!

Nos echamos a reír, Esquivel también. Gavilán vino hacia él y le dijo un par de barbaridades, con estricto sentido del humor. Montamos en la Canberra y continuamos de vuelta a la capital, donde enfrentaríamos a los Industriales. Por aquellos días estaba de moda una canción relacionada con la pérdida de un bastón, compuesta por Osvaldo Rodríguez, el ciego cantante, que con aquella melodía andaba a la cabeza del hit parade en las estaciones de radio y televisión.   

Raymundo Gavilán, quien solo a algunos respondía por Gavi, nació en 1922, en Pilotos, Consolación del Sur, y falleció a inicios del siglo XXI, en un hospital de La Habana,. Lo recuerdo sin medias tintas ni ambages. Crecí con sus proezas, oídas de muchas voces. No lo vi jugar, pues se destacó cuando yo no existía. De todas formas, quiero rescatar del posible olvido a una figura emblemá­tica, un estelarísimo en las décadas del treinta y el cuarenta del siglo XX, en la pelota popular, la semiprofesional y también en la rentada.

Lo traté bastante en la XI Serie. No era dado a conversa­ciones ni repartía consejos, había que buscarlos, no se metía donde no lo llamaban, dueño de una cordialidad matizada por el respeto, la seriedad y aquella forma sobria de vestir que llamaba la atención. Con su historia y el fuerte carácter, me le acercaba en jugadas complejas para oír su opinión. Supo ser un jodedor  cubano con riendas.

Fue el jugador más destacado en 1944. No en la Liga Profesional Cubana, donde actuó efímeramente como lanzador, sino en otras durísimas. Por aquella época se desarrollaba un torneo semiprofesional entre la Casa Orbay y Cerrato, La Única, La Predilecta, Ambrosía y otros fortísimos teams. Con la Dulcería La Marina, Gavilán fue la gran estrella, por encima, incluso, del líder de los bateadores, Orestes Miñoso. Él lideró los pitchers, en jonrones, carreras impulsadas, bases robadas y segundo en ofensiva (.453), solo superado por Miñoso (.484), quien vestía el uniforme de La Ambrosía, y tuvo 70 veces menos al bate que Gavilán.

   En una ocasión llegó un fuerte equipo profesional habanero, al antiguo y ya inexistente estadio Atenas Park, sito en la Calle Sol y Recreo, en Pinar del Río. Por ellos estaba Gilberto Torres, una emblemática figura de nuestro pasatiempo nacional. Pero el héroe fue Gavilán, quien decidió el desafío con un enorme jonrón. Lo mismo lanzaba un gran partido, que decidía el pleito como bateador de poder. Es de los más versátiles de cualquier época, con un brazo privilegiado.

Como profesional, en Cuba solo vistió la franela de los Leones del Habana. Un busca talento lo había visto conectar aquellos batazos descomunales y lo captó, pero el tozudo Gavilán llegó con dos mujeres al entrenamiento y se quiso eliminar como lanzador. Después se fue a jugar por otras tierras. México, Nicaragua, Venezuela y República Dominicana. En esta última nación implantó un antológico récord de dobletes. Sin embargo, no se fue a las Ligas Negras norteamericanas. Conociéndolo bien, pienso que allí hubiera durado poco tiempo, porque no resistiría la segregación racial. Con él había que andar con pie de plomo. De nobles sentimientos, trocaba en un san­tiamén los momentos de jolgorio en una camorra. No los medía ni pesaba, había que respetarlo, él no se metía con nadie.

Me contó Lacho Rivero, que Gavi había sido un asesino con las rectas, no con la curva hacia abajo. Los bateadores tienen su debilidad, de no ser así alcanzarían averages de .900 y 1,000. Ya veterano, lucía ridículo con esos lanzamientos. A inicios de los cincuenta, en el Mariel, lanzaba Lacho para su Central Mercedita, cuando se enfrentó a Gavilán y le dio tres ponches en una tarde aciaga para el recio toletero, quien con su brutalidad quiso darle un tiro al pitcher; lo consideró una ofensa. Por entonces estaba en el ocaso de su carrera y Lacho en sus mejores momentos. Para no dar su brazo a torcer, Gavi, un hombre que nunca ingirió bebidas alcohólicas, dijo que esa tarde estaba borracho. Llevaba su revólver de Guarda Jurado.

De envidiable somatotipo y probada calidad para jugar en Grandes Ligas, cualquier manejador lo hubiera contratado, pero la discriminación racial no lo permitió hasta 1947, con el sonado caso de Jackie Robinson. Gavilán tuvo que recorrer otros territorios. Su impronta dentro y fuera del terreno no pasa sin penas ni glorias. Los jugadores de cuadro y los jardineros no queríamos que nos fongueara en las prácticas, porque sus roletazos llegaban a una velocidad no frecuente y ponía la bola más allá de la cerca. Con cinco décadas en las costillas, tenía la fuerza de un toro.

Para cerrar esta semblanza, recurriré a Roberto Guajiro Llende, una figura destacada del béisbol vueltabajero de los años cincuenta:

“Estoy en la pelota desde los años cuarenta y puedo afirmar que jamás he vuelto a ver un jugador con las condiciones de Gavilán. Alto, fuerte, con un poder extraordinario, buen defensor, de brazo legendario, conectaba los batazos más despiadados de todos. Reconozco la calidad de Linares, Casanova y tantos otros, a ellos los admiro mucho, pero ninguno me ha impresionado tanto como Gavilán. Así lo recordaré siempre. También fue un buen pitcher, pero siempre lo preferí al bate…”

Abril 24, 2013.

Armando Capiró... Con efigie de Titán

Armando Capiró.

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan Martínez Osaba de Goenaba  - Columnista de La Estufa Caliente.Aprendí a admirarlo en la adversidad. Antes me había sucedido con Marquetti, desde la cabina de un camión del Primer Llamado del Servicio Militar Obligatorio, cerca de Bauta, cuyo estadio se había convertido en refugio de los vueltabajeros en su arranque por las Series Nacionales. Pero eran diferentes. El zurdo arrostraba un siglo de quehacer beisbolístico en su patria, tras otros como Cristóbal Torriente, Alejandro Oms y Lázaro Salazar; más cerca en el tiempo, Hilario Valdespino y Julio Bécquer. Ya remontaba la leyenda Tony Oliva.

De Armando Capiró Laferté, se me antoja, quedará por siempre la impronta de una efigie, desde la punta de los spikes hasta la gorra adornada en azul y la blanca letra I. Color que un día inmortalizaran los Alacranes del Almendares, y por más de cinco décadas ha logrado afianzar en las entrañas de millones los Industriales, que adoptaron la fiereza del león rojo del Habana, en una suerte de sincretismo no visto en otros tiempos. Entre todos, él lucía imponente.

Con un juego mesurado y preciso, supo echarse a todos en los bolsillos. Por entonces se transmitían los juegos con la cámara principal detrás de home. Y veíamos desplazarse su espada a la velocidad de la luz, en recuerdo de Ramón Fonst, ¡qué digo!, del florete de D’Artagnan o el machete de Quintín. Pero la realidad nos traía a la certeza de un swing abarcador e impresionante, con sus largas y abiertas piernas sobre home. A ninguno temí tanto, ni hubo otro slugger más admirado con el traje de las cuatro letras.

Todo lo hacía bien. Entre los brazos más potentes, efectivo a la defensa en las cuatro distancias, dinámico en el ejercicio, atractivo por los pasos agigantados que rompían los empujes del viento y las aguas del mar. En las bases no era segundo de nadie, si se hubiese dedicado a estafar, encabezaría con otros ese departamento. Jamás alardeó del brazo ni tiró a bases ganadas por los corredores, otra de sus virtudes menos aclamadas.

Es difícil sumar tanto. Y no para sublimar virtudes que algunos pudieran no recordar por aquello del tiempo, que nos envuelve y desmemoria. Se trata de recordar a quien nunca quisimos en contra, como vueltabajeros con sangre verde de campiña húmeda, y que, no obstante, logramos admirarlo. Jamás nos hemos cruzado una palabra, aunque hayamos compartido premios, homenajes, presentaciones de libros, Juegos de Estrellas, y esas cosas donde suelen converger los players, con quienes tratamos de inmortalizarlos en papeles, o simplemente el éter.

   En la XI Serie Nacional desfilamos casi juntos. Me sentí grande entre gigantes. Él saludaba a Valido, Felipe, los Salgado (Emilio y el Gallego), y a otros pocos. El novato, que aquella vez fui, lo había visto supremo -no sé si lo advirtió. A la sombra de Michael Jordan debió sucederle a otros basketbolistas en Barcelona 1992. Con él seguí el desfile de un Alarcón vencido por las adversidades, el Isasi de cualquier tiempo que pronto cedería al empuje de Alfonso Urquiola, la incontenible camaradería de Muñoz, el andar preciso de Telemaco y, en fin, a los que creí inmarcesibles. Y la historia me dio la razón.

   Una tarde dominical y plena, en los días inaugurales de 1972, quiso la vida, o fue un antojo del director, que empuñara por el fraterno Hirám Fuentes. Logré conectar un sencillo sobre segunda al estelar Walfrido Ruiz, y anclé en la inicial. Bastó para jugar como camarero el segundo desafío, de donde llevo conmigo un par de destellos. Con las bases llenas el cuadro jugó por dentro, y Marquetti al bate. En fracciones de segundos se aceleró la mente subordinada al doble swing más veloz que se recuerda. Pero más rápido aún se deslizaría la bola hacia el jardín derecho. Solo intenté pararla.

   Las bases seguían llenas y tocó el turno a Capiró. Al verlo abarcar tanto espacio sobre el cajón de bateo, sentí lástima por el zurdo Rodovaldo Esquivel. Desde mi ubicación parecía imposible dominarlo. No dejaba espacio libre al pitcher. Un par de swinazos barredores del plato anunciaron una catástrofe. Pero el nuestro, bien preparado para esos momentos, lo dominó, si así puede llamársele a un lineazo que pudo abrir una brecha en la cerca si no la hubiera atrapado -no sé ni cómo pudo hacerlo, el fortísimo Roberto Camejo. Fin de aquella pesadilla.

   Entradas más tarde, Capiró Laferté conectó otra bala por encima de la mismísima almohadilla de segunda. Perdíamos por dos carreras. A mi derecha, Felipito Álvarez pidió cubrir si se producía un robo. El rolling saltarín entró al guante del antesalista José Shueg, quien la pasó a mis manos y me estiré cuanto pude para recibir la bola que llegó casi con sus spikes. El árbitro, –no recuerdo el nombre- decretó ¡out!

   El divo herido no gestualizó. Se levantó, sacudió el polvo y profirió, sin mirarlo, las peores palabras que he escuchado ante un juez. Más que al vencido, miré al verdugo con ira en los ojos. Y quedaron las palabras entre tres; yo incluido. Pensé que lo expulsaría. Pero se llamó a reflexión y prefirió guardar el secreto; las gradas del Latino ardían. Ingenuo protesté: -Si soy yo usted me expulsa. --Con ojos de pocos amigos ripostó: --Vuelve a tu posición. --Entonces comprendí que ni siquiera en la pelota somos iguales. Que algunos suelen encumbrarse por el dominio del oficio y la virtud, mientras otros debemos acostumbrarnos a ver los toros desde la barrera. En estos flachazos se resumen nuestros encuentros.

   Para El Señor Pelotero indagamos por un equipo ideal de las Series Nacionales, que provocó un debate entre los finados Eddy Martin y Héctor Rodríguez. El primero ubicó a Fernando Sánchez en el jardín izquierdo, y lo argumentó en justicia por los resultados. Héctor habló de Fernando y de Gourriel, pero se decidió por Capiró. Y quien estas palabras suscribe, porque también es hijo del béisbol, en esa ocasión estuvo al compás de Héctor. Después de tantos años, me asalta la duda con Cepeda, un bateador fuera de serie, pero el habanero fue de “cinco herramientas”.

   Prefiero recordar a Capiró en el terreno, sin las frías estadísticas que a veces nos confunden, aunque en catorce campañas haya conectado para .298, con 162 jonrones, 677 impulsadas y slugging de .492 y haya sido el primero en disparar más de 20 cuadrangulares. Entonces trato de apartar su desfachatez ante el novato Reinaldo Costa cuando trató de cerrarlo, y algún otro desliz. Sobre todo, prefiero no volverlo a ver ante los lanzamientos de Burt Hooton en Cartagena 1970, cuando todos, él incluido, lucían ridículos.

   Los lanzadores de su época, por lo general, acuden a las anécdotas. El endeble Maximiliano Gutiérrez le caminaba para arriba, un espigado como Carlos Pérez estuvo al borde del altercado, el temerario Juan Carlos Oliva lo retaba. Pero eran y son amigos fuera del terreno, que suele hermanar hombres.

   Hijo de la adversidad, temprano le llegó la seria lesión. No olvidaré la tarde con el Latino de pie para recibirlo con una ovación; llegó en silla de ruedas. Por un instante había regresado Roy Campanella, aquel irrepetible catcher negro de las Ligas Independientes de Color, la Profesional Cubana y de Las Mayores. El habanero pudo andar por sus pies, pero no volvió a ser el mismo. Era el decline de una efigie.

   Aquella bola que el 19 de enero de 1969 voló sobre los muros del jardín izquierdo, en el bautizo del Capitán San Luis, dejó mal parado al minero Raúl Martínez, quien orientó los ojos hasta verla desaparecer. El ídolo de mi tierra, había enfrentado a un cíclope de cuatro vientos y, contra él, no se podía.

Marzo de 2013.